Las tumbas se
perfilaban en la oscuridad por su color blanco y los cipreses dejaban ver su
sombra alargada. Nada se oía, nada se movía. Lorenzo estaba temblando, tenía el
vello erizado y sus ojos estaban a punto de estallar en un llanto desesperado.
Entre las
tumbas solitarias parecía romperse el silencio y se escuchaban risas. Sí, risas
siniestras que hacían más angustiosa esta situación. Quería pensar que todo era
una pesadilla, que no podía ser cierto que él estuviera allí. Pero ese momento
de despertar no llegaba nunca.
Sus amigos lo
habían llevado allí con engaños. Lo habían forzado a entrar en el cementerio y
después habían desaparecido todos para dejarlo solo con su miedo. La oscuridad
lo obligaba a andar despacio y se había desorientado. Llevaba más de una hora y
no había conseguido encontrar la salida. Sus ojos se habían adaptado a la
oscuridad y podía distinguir las sombras. Pero eso lo hacía sentirse todavía
más perdido y solo en aquel lugar de muerte y silencio.
Así fue como
empezó aquella pesadilla que no parecía llegar a su fin. Mirando a lo lejos,
entre las sombras empezó a distinguir que algo se movía. Eso le hizo temblar
mucho más. Su corazón latía con fuerza y él lo escuchaba dentro de su cabeza
como si de un momento a otro fuera a estallar.
Aquella
sombra que se movía se estaba acercando a él. Se repetía una y otra vez que no
podía ser verdad. Volvía a escuchar esas risas diabólicas, perdidas entre las
tumbas, y cuando miraba al frente descubría que aquello estaba cada vez más
cerca. Un sudor frío empezaba a correr por sus sienes, la respiración empezaba
a fallar como si alguien le apretara en el pecho. “Esto no es verdad, esto no
es verdad” se decía y se repetía.
A medida que
aquel ser se acercaba y lo iba distinguiendo con más claridad iba sintiendo con
más fuerza que el pánico se apoderaba de él. Hasta tal punto lo inundó el
horror, que sintió su cuerpo inmóvil, sus piernas no respondían y le era
imposible echar a correr. Mientras tanto aquello se iba acercando más y más.
Tenía forma
humana pero andaba despacio y torpemente. Cuando pudo distinguir sus rasgos
descubrió que el rostro de aquel ser era monstruoso. Sus ojos saltones parecían
querer escapar de la cara. Su boca abierta, enorme, dejaba ver unos dientes
podridos y sangre a su alrededor.
Lorenzo veía
que aquello estaba casi a punto de agarrarlo. Querría estallar en un grito
desesperado, pero su voz se había quedado ahogada en su pecho oprimido. Las
risas se oían esta vez con toda nitidez, estallaban en tremendas carcajadas.
Las manos de aquella criatura infernal se acercaron al cuello de Lorenzo. No
gritó, no salió corriendo porque el miedo lo había paralizado. Solo dos
lágrimas empezaron a correr por sus ojos.
Las risas
pasaron a ser jaleo y algarabía. El monstruo se echó mano a la cara y de un
tirón se quitó la máscara y la guardó arrugada en su bolsillo. Todos sus
“amigos” empezaron a salir de entre las tumbas, reían a carcajadas y comentaban
lo divertida que había sido aquella broma.
Pero Lorenzo
no reaccionó. Continuaba inmóvil con los ojos mirando al vacío. Las risas se
fueron apagando y de la algarabía se pasó al nerviosismo.
- ¿Qué está
pasando? ¿Por qué no hablas, Lorenzo? Sólo era una broma.
- Dios mío
¿Qué hemos hecho?
- No os
pongáis nerviosos, no es más que una broma. No puede suceder nada- dijo
François queriendo convencerse a sí mismo.
- Desde que
viniste de Francia no has dejado de idear bromas macabras para burlarte de
Lorenzo. Si le pasa algo tú tendrás toda la culpa.
- Eh, eh,
eh... todos habéis colaborado en esto.
-Y ahora ¿que
vamos a hacer con este muerto en vida?
- Salgamos de
aquí, lo dejaremos perdido en el campo. Alguien lo encontrará. Lo importante es
que nadie sospeche que estuvo con nosotros.
Salieron del
cementerio y dejaron a Lorenzo por un lugar lleno de árboles. Durante todo ese
tiempo Lorenzo permaneció mirando al vacío sin apenas moverse. Lo tuvieron que
llevar casi a rastras.
Cuando
regresaban al pueblo, el silencio que había entre ellos era mucho más tenebroso
que todo lo que había sucedido.
Las calles
del pueblo estaban desiertas. La noche estaba muy avanzada y toda la gente
dormía. François continuaba su camino
para encerrarse en su casa y no volver a salir en mucho tiempo. Las
farolas de su calle, todas a la vez empezaron a parpadear hasta que se
apagaron. Se quedó todo a oscuras. François seguía su camino a tientas y empezó
a tener la sensación de que no estaba solo. No podía explicar por qué, pero
tenía la certeza de que alguien o algo lo estaba siguiendo. Miraba hacia
delante y solo veía oscuridad. Miraba hacia atrás y no podía distinguir nada.
En cambio sabía que no estaba solo.
El miedo
empezaba a recorrer su cuerpo.
- Alguien
está por aquí. Tal vez algún bromista. Tal vez Lorenzo se ha recuperado y
quiere vengarse.
Empezó a
caminar inseguro. Temía que en algún momento se pudiera topar con algo. Cada
paso que daba miraba a todas partes y tanteaba con las manos antes de avanzar.
De pronto
algo lo hizo quedarse sin respiración. Al tantear con la mano tocó algo. Sí
algo estaba delante de él. Entre las tinieblas pudo distinguir un rostro
demoníaco: ojos saltones queriendo salir de la cara, una boca abierta con
dientes podridos y chorreando de sangre. Y el silencio se rompió con unas risas
macabras que no se sabía de dónde procedían. Sí, aunque no quería creerlo
delante de él había alguien que tenía su máscara y parecía burlarse de él. Sin
pensarlo se dio la vuelta y salió corriendo entre la oscuridad.
Mientras huía
se metió la mano en el bolsillo y tanteó. Comprendió que su máscara seguía ahí
arrugada. Nadie se la había quitado. Esto hacía que lo que había visto y oído
fuese aun más espeluznante. ¿Podría existir en el mundo un ser con una cara
así?
Después de
todo lo que estaba pasando pensó que lo mejor sería pasar la noche en el campo
y esperar allí que amaneciera. Así se alejó del pueblo y se acomodó entre los
árboles del campo. No podía borrar de su
mente todo lo que había pasado. Se sentía inseguro y no podía controlar sus
nervios. A lo lejos empezó a distinguir entre las sombras que algo se movía.
Sí, era angustioso reconocerlo pero algo se estaba acercando hacia él. Entre
los árboles parecían escucharse monstruosas risas. Su cuerpo se quedó inmóvil
penetrado por el horror. Sintió que su respiración fallaba, sentía que algo le
oprimía el pecho y le impedía gritar. El sudor frío empezaba a chorrear por sus
sienes y por su frente.
Aquello
estaba cada vez más cerca. Sus ojos se habían quedado clavados en aquella
siniestra visión y empezaba a distinguir el rostro infernal de aquella
criatura. Las risas eran cada vez más frecuentes y más claras. Lo tenía ya
delante. Era de nuevo la cara de su máscara. Pero eso era imposible, el tenía guardada
en el bolsillo aquella máscara. No podía ser cierto. Cuanto más cerca estaba
más claramente distinguía aquellos ojos y aquella boca repugnante. “Esto no es
verdad” se repetía en su interior. Pero su cuerpo paralizado y su pecho ahogado
sólo podían esperar que aquella cosa se acercara y terminara todo de una vez.
En el pueblo
se habló durante mucho tiempo del misterio de aquellos dos jóvenes que
aparecieron muertos en el campo. No se supo explicar el motivo de su muerte,
sólo se sabía que sus rostros expresaban un horror indescriptible.
Unos cuantos
muchachos más dejaron de andar por las calles y pasaron el resto de su vida
encerrados en sus casas sin querer salir ni ver a nadie. Eso sí, nunca querían
quedarse solos y tenían un miedo enfermizo a la oscuridad.
Celedonio
de la Higuera
No hay comentarios:
Publicar un comentario