Una extraña
historia de amor
De Celedonio de
la Higuera
El muchacho
no dejaba de acariciar a la chica mientras le hablaba. La miraba con una
sonrisa tierna y sus ojos brillaban, como si estuviese a punto de empezar a
llorar de alegría.
Ella estaba
inmóvil, con los ojos medio cerrados y la boca ligeramente abierta.
Hacía frío en
aquel lugar, pero a él no parecía importarle. Se mantenía junto a ella y de vez
en cuando le hablaba con dulzura.
-Estoy
inquieto, lo sé. Pero es porque algo me dice que nos van a encontrar. Yo sé que
no me van a dejar que siga a tu lado, pero quiero que sepas que sólo contigo
siento que soy una persona. Tú sabes que mi vida cambió el día que tú llegaste.
Yo diría que ese día empecé a vivir de verdad. Primero fuimos muy buenos amigos.
Yo no sabía lo que era tener un amigo hasta que te conocí a ti. Por eso no
puedo soportar que me quieran retirar de tu lado.
A las
palabras del muchacho sólo le seguía el silencio. A veces un silencio muy
prolongado. Pero él la contemplaba emocionado, con los ojos húmedos. De su
nariz y su boca salía el aire visible, como si estuviera fumando. Aquel lugar era
frío y húmedo. Él continuaba mostrándose tierno, acariciando el pelo de ella.
Se acercó a sus labios pero dudó.
- Bueno, es
posible que no sea el mejor momento para besarte. Pero no pienses que no te
quiero. Tú sabes que eres la única persona a la que quiero de verdad, con los
demás nunca he conocido el amor. Cuando era pequeño veía a los otros niños
felices al encontrar a su madre. Pero la mía me despreciaba. Mi padre la
maltrataba y ella me culpaba por su infelicidad. Parece estúpido, pero ella se
casó porque estaba embarazada de mí. Siempre he sido un hijo no deseado.
Imagínate lo triste que era mi vida, la vida de un niño que no tiene ni siquiera
el cariño de sus padres. En cambio tú me escuchaste en todo momento, nunca has
dudado en dejar otras cosas cuando te he necesitado. Nadie más que tú se ha
portado así conmigo.
El muchacho
sentía cierta desconfianza, estaba inquieto, preocupado. Para asegurarse de que
aun estaban solos se asomó fuera del lugar donde se encontraban. Después volvió
más tranquilo.
- Antes de
que tú vinieras yo había encontrado a Dios. En aquellos días largos de soledad
y de tristeza hablaba con Dios largamente de todo lo que me pasaba. ¿Sabes? Sentía algo dentro de mí, algo que no
te puedo describir. Pero estaba seguro de que Dios me estaba escuchando, sí, de
verdad. Miraba al cielo y me imaginaba a Dios allí dentro mirando hacia la
Tierra y fijándose en mí. Entonces dejaba de sentirme solo. Dios me consolaba y
por eso superaba mi tristeza. Eran días terribles. No te imaginas cuántas veces
lloraba sin que nadie viniera a consolarme. Mi padre me pegaba muchas veces y
yo buscaba a mi madre pero ella nunca quería saber nada. Mi madre odiaba a mi
padre pero a mí me odiaba más todavía. Entonces buscaba a Dios y él estaba
siempre ahí, aunque yo no lo viera.
Al decir
estas cosas el muchacho rió sin ganas. Contaba esto sin entusiasmo, como el
recuerdo de una tontería infantil que ahora le parecía ridícula. Ella
permanecía inmóvil. La mano del muchacho seguía pasando suavemente por su
cuerpo.
- Yo se lo
había pedido a Dios. Un niño era entonces. Miré al cielo y cerré los ojos.
Recuerdo cómo sonreía cuando pensaba que Dios me escucharía. Ahora me parece
una estupidez pero yo entonces confiaba en Dios. Le pedí que me concediera
tener un amigo. Era algo tan sencillo, un amigo que me comprendiera, que
tuviera tiempo para escucharme y para estar conmigo. Pensaba que Dios, que siempre me escuchaba y
que todo lo podía haría mi deseo realidad. Entonces llegaste tú.
Volvió a
acariciar su pelo mientras la contemplaba satisfecho. Esta vez sí fue capaz:
acercó su boca y la besó largamente. Ella permanecía inmóvil. Los brazos del
muchacho la rodearon. Después de besarla juntó mejilla con mejilla, y así
abrazado continuó hablando. No le importaba el mal olor que empezaba a inundar
aquel lugar. Tampoco hizo caso de las alimañas que de vez en cuando correteaban
por allí. Abrazado a ella parecía que nada le importaba.
-Llegaste tú
y empecé a tener ilusión por algo. Deseaba cada día que amaneciera porque sabía
que podría verte. Cuando me despedía de ti estaba contento, pensando que pronto
volvería a estar contigo otra vez. Mientras iba a mi casa miraba al cielo y le
daba gracias a Dios por haberme escuchado. Qué Dios tan bueno que me había
regalado una amiga tan excelente como tú. Piensa en las cosas tan maravillosas
que me hiciste descubrir. Recuerdo con emoción el día en que nos bañamos en el
río. Cuando vi tu cuerpo precioso medio desnudo sentí un cosquilleo en mi
barriga. Creo que fue entonces cuando descubrí que estaba enamorado de ti. Es
verdad que éramos todavía dos chiquillos que empezaban a descubrir la vida,
ahora hasta me hace gracia. Te acercaste a mí chorreando, te inclinaste a coger
la toalla y sentí tu cara cerca de la mía. Entonces empecé a temblar y el
corazón me retumbaba en los oídos. ¡Podría recordar tantos momentos buenos! Y
todos contigo.
Volvió a
besarla largamente. Después empezaba otra vez a inquietarse. A lo lejos se escuchaban
voces de alguien que se acercaba. Volvió a asomarse a la boca de la cueva y
divisó a los que venían, sin duda, a buscarlos. Estaban cada vez más cerca. En
ese momento, de sus ojos húmedos y brillantes empezaron a correr unas lágrimas.
Volvió con ella. Siguió hablando.
- Creo que
nos han encontrado. No te preocupes, sabía que nos encontrarían. Lo siento
mucho. Sé que nos separarán. Es muy triste para mí porque volveré a estar solo.
Ya no podré volver a verte nunca. Y esta vez no podré contarle nada a Dios,
porque lo odio. Sí, ya se que esto suena muy fuerte pero odio a Dios. Cuando tú
estuviste ausente yo le supliqué que no te pasara nada. Después supe que
estabas en el hospital y me pasé muchos días rezando. Invocaba a Dios con la
misma ilusión que cuando era un niño, para que te pusieras buena. Pero no quiso
hacerme caso. Sabía que si tú morías yo me quedaría solo y sin embargo Dios
permitió que murieras. Por eso lo odio y no volveré a confiar en él. ¿Comprendes?
Ya eres tú lo único que me queda aunque estés muerta. Por eso robé tu cadáver y
he pasado aquí todo este tiempo contigo. No me importa el olor, ni el frío, ni
siquiera los gusanos que empiezan a devorar tu cuerpo. Yo necesito estar
contigo, necesito verte y tocarte. No me importa que estés muerta, has visto
que he sido capaz de besarte... Pero
tenían que encontrarnos. Tú volverás a tu tumba y yo estaré otra vez solo.
Aquellos que
los encontraron dicen que quedaron sobrecogidos. Él se había quedado muy
delgado y su cara estaba pálida con un tono verdoso. Lloraba amargamente. Tenía
manchas de pus y hasta pequeños fragmentos de carne putrefacta pegados a la
cara. Pero lo que más les horrorizó fue cuando lo tuvieron cerca y descubrieron
su cuerpo inundado por los gusanos.
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