Querido Ramón:
Hoy pasé cerca del pantano de
Béznar y vi volando por allí un ave grande y majestuosa. No sabría decir
exactamente de qué se trataba, pero su cuello largo me sugirió que tal vez
fuese un buitre. El cielo estaba raso. Hacía un día espléndido y me impresionó
mucho contemplar, como un espectáculo grandioso, el vuelo de aquel ejemplar que
parecía gritar en silencio que todo aquel cielo era suyo.
Yo miraba admirado hacía arriba y
dejé que mi imaginación empezara a trabajar. Fue entonces cuando pensé que un
buitre siempre está cerca de un cadáver y pensé en mi propia vida, que algún
día habrá de llegar a su fin. Tal vez, a pesar de tantos afanes y luchas, no
sea más que eso: un cadáver.
Una tremenda tristeza inundó mi
alma y tú fuiste entonces mi único pensamiento. Pensé en todo lo que tenía que haberte dado antes de
dejar este mundo.
¿Sabes? Siempre tuve grandes
proyectos para ti. Sí, ahora sé que no tiene sentido que te lo diga, pero tú
habías estado en mi pensamiento prácticamente desde que tuve conciencia. Lo que
ocurre es que la vida nos va exigiendo cosas nuevas cada día y vamos dejando
para otro momento lo que creemos que puede esperar.
Sí, ya lo sé, nunca debí pensar
que tú podías esperar. Pero entonces no me daba cuenta de lo que era importante
de verdad.
Ya sabes que dejé mis estudios
porque mi padre me dijo que me hiciera cargo de la carpintería. Era un negocio
brillante. Pagábamos unas perras por cuatro palos y luego los convertíamos en
muebles de gran valor. Conseguimos muchas ganancias.
Aquellos días yo estaba
verdaderamente ilusionado. El dinero se adueñó de mi vida y pasaba muchas horas
trabajando. Era hermoso ver como unos simples troncos acababan convertidos en
una cómoda de gran valor y, sobre todo, me alegraba de ver cómo mis ganancias
iban en aumento. Tú no habías dejado de estar en mi pensamiento. Todas las
ganancias y todo lo que yo acumulaba llegaría a ser tuyo algún día.
Así pasaron muchos años, yo vi
crecer mi patrimonio, es verdad, pero no
te vi crecer a ti. No tuve ocasión de haberte enseñado todas aquellas cosas con
las que un día soñé.
Hubo otra etapa de mi vida en que
decidí que no tenía sentido haber acumulado tanto dinero si no disfrutaba de
él. Fue en ese tiempo cuando decidí pensar más en mí mismo. Por entonces reduje
mi horario de trabajo y busqué la oportunidad para gozar de la vida. Fueron
muchas salidas nocturnas, muchas noches de alcohol y lujuria. Pero cerré mis
puertas a cualquier compromiso que me limitara la libertad. Así, sin darme
cuenta, también a ti te cerré mis puertas.
Cuando ya se serenó mi espíritu
comprendí que había malgastado mi vida y mi dinero en placeres que no puedes
retener. Sentí un enorme vacío.
Fue aquella etapa en que quise
conocerlo todo. Hice muchos viajes. Conocí lugares de ensueño. Visité
monumentos de un valor inmenso, disfruté de hermosos paisajes y sentí una gran
admiración por Dios que ha creado un mundo tan maravilloso y por el hombre que
es capaz de embellecerlo aun más con sus obras.
Ahora comprendo que tú tenías que
haber estado allí, conmigo, como yo había soñado cuando todavía era un espíritu
inocente.
Ahora, me siento viejo y me
encuentro solo. Al contemplar un buitre, o al menos eso me pareció, he pensado
en la muerte y he descubierto el vacío de mi vida. Tal vez pronto tenga que
rendir cuentas a Dios, o tal vez todavía me quede mucho tiempo que estar en
este mundo. Pero ya es tarde para buscarte, Ramón.
Dicen que un hombre, para
realizarse, necesita plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. He
estado ocupado con tantas cosas, buscando el gozo inmediato que he dejado pasar
lo verdaderamente importante.
Por eso, hijo mío, cuando el
tiempo se me acaba, he pensado en ti. El santo de mi pueblo fue llamado Nonato
(no nacido), porque dicen que vino al mundo después de morir su madre. Por eso
yo, en mi fantasía, te doy el nombre de Ramón, como el patrón de Dúrcal. Ya que
fuiste siempre el mayor deseo de mi vida, pero nunca llegaste a existir de
verdad en este mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario